jueves, 23 de enero de 2014

UNA VIDA













Era una tarde gris, donde las hojas caían rendidas bajo mis pies y la tristeza del paraje mostraba ese color plomizo. Sentada en el banco de aquel parque, el frío se apoderaba de mis huesos ya casi muertos por el hambre; pero no me importaba, ya que el alma estaba desgastada por los tropiezos de una vida sin impulso, sin valor para seguir adelante.
Todo era nada, ni el más breve recuerdo me hacía suspirar, ni siquiera la sonrisa de aquel niño que había visto tiempo atrás jugando en la calle. Me hermanaba a la soledad y a su silencio como acostumbraba hacerlo con mi canción favorita, ésa que deja en tu juventud un hilo de risa en los labios.
Quise soñar tantas veces con sus manos, con el pelo enroscado entre mis dedos y sus mejillas sobre las mías. De pronto, el imperecedero sueño se borraba entre perdurables y cenicientas tristezas. La vida no me había regalado una niñez maravillosa, ni una familia que me quisiera tanto como yo a ellos, siempre fui huérfana de padre y madre incluso antes que me abandonaran.
Ahora, después de un puñado de años de existencia, me rindo ante el suceso que me ahoga. Quizás mañana cuando despierte, pueda descubrir nuevas raíces donde agarrarme sin miedo.