Dejé todo en la vida, incluso aquel cuaderno en el que plasmaba
vivencias propias y otras disfrutadas con amigos. Hoy, retomo
después de varios años, a través de esta residencia donde
ahora vivo, hojas amarillentas tan llenas de recuerdos.
Me he observado en el espejo, las arrugas brillan con excelencia,
más aún mis manos, llenas de pliegues y venas azules que
sin querer, resaltan décadas. Los cabellos apagados, pobres y
blanquecinos, atados en horquillas con un sencillo moño en la
nuca. Pasan los días lloviendo tras la ventana, los mismos gestos
dormidos como muebles y la saliva que va creciendo tras la comisura
en rostros sin palabras. Un gemido estalla tras una lágrima,
resbala sin fortaleza, sin dedos que la enjuaguen. ¡Qué
tristeza!, sin unos brazos que acompañen a esta soledad que se
magnifica con el paso de las estaciones. El cuerpo va encogiéndose
bajo un chal hecho con lana de colores, aquel que tejí un
verano sentada en la puerta de la calle. Y veo desde lejos las comidas
familiares, la visita de los nietos y, también, las Navidades.
Mientras, escribo a perdidas ilusiones, a deseos imposibles, incluso,
al amparo de la misma muerte.
¿Qué es lo que quedó bajo este vestido de flores negras?
Alambres por huesos, carne flácida, pero eso sí, un corazón que
aún late por un beso en la mejilla y un abrazo de los de antes.
Eran las tres,
llovía,
llovía dentro de mí
e, intentaba con un salvavidas
socorrer lo nuestro.
Me dueles
cuando enciendo la luz
y estoy a oscuras.
Creí que no podías herirme,
pero sigue naciendo victorioso el gris
en el reino de un sueño.
No entiendo
como siempre estoy llena de agua,
vivo entre la piel densa
del frío
y la lágrima.
¿Estás ahí?
No te siento,
ni tampoco el beso
de cuando nos despedimos
para exprimir el segundo antes de irnos a la cama.
Son las siete,
sigue lloviendo.
Soy yo,
la que sucede los plurales
de tu primavera,
y echa lazos
para que no se escape.
Del mismo modo,
prolongo los segundos
del reloj,
acomodándolo paralelo a mí,
para pensarte.
Pensarte,
en vertical y horizontal
de los proyectos simples,
hasta que se apague la luz,
para encenderla de nuevo.
Por costumbre observo
un sinfín de caricias
que no me tocan,
y entonces estalla
un renacimiento con hectáreas de umbría
que nutren mi sangre.
Se rompe,
se escapa la calidez
entre los barrotes de la utopía,
mientras me devuelves
al filo del precipicio.
Todo está vacío
en la luz que me toca.
Alguien me dijo un día:
“Hace mucho que me trago las palabras
y les vendo los ojos
para que no te miren
porque cuando lo hacen,
solo pueden decirte lo que siento”.
Yo tuve que responder
o más bien me obligué a ello,
ya que en mi interior
en esos momentos,
se descorchaba una botella de dolor
para empapar cada recoveco del alma.
Tú sabes que vi caminar con lentitud
al amor en dirección contraria,
sin embargo, he amado sin fronteras,
sufrido en los moldes de la infidelidad e indiferencia.
Ahora duermo y despierto junto a ti
con versos sin maquillaje.
Aprendí a volar,
como aquel que aprende
la costumbre de arrancarse una sonrisa
para los demás.
Todavía me conforta el que hoy puedo hacerlo.
Aprendí,
el lenguaje de las manos,
era más fácil escribir
a las entrañas desde aquí
y desbancar al rey de corazones.
Aprendí a reanimar los domingos
con un buen trago de ganas
de volver a pintar
sombras de color amarillo,
nostalgias con tinte azul
y así poder ser visibles para mis ojos ciegos.
Aprendí,
que los segundos pasan deprisa
con el beso del trío de ases,
sin embargo,
qué lento desaparece el asesino del miedo
en medio de un mar con desastres.
Por tanto,
aprendí a volar tan alto
que existo en todos los poemas.