miércoles, 20 de enero de 2016

UN ABRAZO DE LOS DE ANTES


Dejé todo en la vida, incluso aquel cuaderno en el que plasmaba
vivencias propias y otras disfrutadas con amigos. Hoy, retomo
después de varios años, a través de esta residencia donde
ahora vivo, hojas amarillentas tan llenas de recuerdos.
Me he observado en el espejo, las arrugas brillan con excelencia,
más aún mis manos, llenas de pliegues y venas azules que
sin querer, resaltan décadas. Los cabellos apagados, pobres y
blanquecinos, atados en horquillas con un sencillo moño en la
nuca. Pasan los días lloviendo tras la ventana, los mismos gestos
dormidos como muebles y la saliva que va creciendo tras la comisura
en rostros sin palabras. Un gemido estalla tras una lágrima,
resbala sin fortaleza, sin dedos que la enjuaguen. ¡Qué
tristeza!, sin unos brazos que acompañen a esta soledad que se
magnifica con el paso de las estaciones. El cuerpo va encogiéndose
bajo un chal hecho con lana de colores, aquel que tejí un
verano sentada en la puerta de la calle. Y veo desde lejos las comidas
familiares, la visita de los nietos y, también, las Navidades.
Mientras, escribo a perdidas ilusiones, a deseos imposibles, incluso,
al amparo de la misma muerte.
¿Qué es lo que quedó bajo este vestido de flores negras?
Alambres por huesos, carne flácida, pero eso sí, un corazón que
aún late por un beso en la mejilla y un abrazo de los de antes.