lunes, 8 de abril de 2013

DOS MIL DOCE











Viniste con  ojos cerrados
sin preguntarme,
cómo, ni cuándo, ni dónde,
siempre las risas te vistieron con mejores galas
alimentando en sed de honores el sexto sentido
entre avispados y delicados corales.

Afectuosas sus letras
danzaban entre equilibristas
e irrealizables juegos malabares,
oliendo como huelen los rosales
en esa primavera del dos mil doce,
y la espuma de sus odas
se acunaba sobre el alma,
con ramilletes en oro envuelto en  jade.

Hermana de sangre que esculpes luz
donde los cuchillos claman hambre,
dócil  piedra ,
amor en  cristales,
cuando las lenguas con uñas
gritaban feroces,
ensordecedoras,
¡tú, eres el culpable!

Y empuñas la pluma
con  manos abotonadas de parches,
cual emisario llega hasta el fondo
entre cementerios de un cielo imborrable.